viernes 31 de diciembre de 2010

Black Robe

viernes 24 de diciembre de 2010

Primado de Pedro

Jesus of Nazareth - Mary Did You Know

Diálogo de Carmelitas

La obra Diálogo de carmelitas de Bernanos hizo más conocido el episodio del martirio de las dieciséis monjas carmelitas (incluyendo una novicia) del monasterio de Compiègne. Su relato es edificante por la fidelidad y serenidad con que afrontaron su martirio. Ojalá que, como decía Tertuliano, que se bautizó al ver la valentía de los primeros mártires cristianos, realmente la sangre de los mártires sea semilla de cristianos, de cristianos comprometidos con su fe y sin miedo a confesarla en público donde sea necesario.

La decapitación de estas monjas por fanáticas muestra que realmente el sueño de la razón produce monstruos, que empezaron con la revolución francesa, hija de la Ilustración que ensalzó la razón pura y condenó la religión como supersticiosa: Aplastad al infame decía Voltaire.

La fiesta de Nuestra Señora del Carmen de 1794, celebrada en una horrible cárcel de París, tuvo augurios de sangre y de gloria para las monjas carmelitas descalzas del monasterio de Compiègne. Al día siguiente, las dieciséis hijas de Santa Teresa, novicia incluida, iban a ser conducidas a la guillotina por el crimen de ser católicas, “fanáticas” en el lenguaje revolucionario.

Hacía siglo y medio que las carmelitas descalzas de Amiens habían fundado en Compiègne, una ciudad de Oise. La fundación data de 1641, cuando hacía 37 años que había llegado a Francia para iniciar la reforma la Beata Ana de San Bartolomé con Ana de Jesús y otras cuatro monjas españolas.

Al estallar la revolución (1789), las monjas rehusaron despojarse de su hábito carmelita, y cuando los disturbios fueron aumentando, entre junio y septiembre de 1792, siguiendo una inspiración que tuvo la priora Beata Teresa de San Agustín, todas se ofrecieron al Señor en holocausto para aplacar la cólera de Dios y para que la paz divina, traída al mundo por su amado Hijo, fuese devuelta a la Iglesia y al Estado. El acto de consagración, emitido incluso por dos religiosas ancianas que al principio se habían asustado ante el solo pensamiento de la guillotina, se convirtió en ofrecimiento diario hasta el día del martirio, dos años después.

La Asamblea Nacional Constituyente había hecho público un decreto por el que se exigía que los religiosos fueran considerados como funcionarios del Estado. Deberían prestar juramento a la Constitución y sus bienes serían confiscados. Era el año 1790. Miembros del Directorio del distrito de Compiègne, cumpliendo órdenes, se presentaron el 4 de agosto de aquel año en el monasterio a hacer inventario de las posesiones de la comunidad. Las monjas tuvieron que dejar sus hábitos y abandonar su casa. Cinco días después, obedeciendo los consejos de las autoridades, firmaron el juramento de Libertad-Igualdad. Los religiosos que se negaban a firmarlo eran deportados.

Después fueron separadas. Hicieron cuatro grupos y vivían en distintos domicilios, pero continuaron practicando la oración y entregándose a la penitencia como antes.

La regularidad y el orden de su vida, que reproducía todo lo posible en tales circunstancias la vida y horario conventuales, fueron notados por los jacobinos de la ciudad. En ello encontraron motivo suficiente para denunciarlas al Comité de Salud Pública, cosa que hicieron sin pérdida de tiempo.

El régimen del terror estaba oficialmente establecido en Francia y había llegado en aquellos momentos al más alto nivel imaginable. El rey había sido ejecutado y el Tribunal Revolucionario trabajaba sin descanso enviando cientos de ciudadanos sospechosos a la muerte.

La denuncia de las carmelitas decía que, pese a la prohibición, seguían viviendo en comunidad, que celebraban reuniones sospechosas y mantenían correspondencia criminal con fanáticos de París.

Convenía presentar pruebas, y con ese objeto se efectuó un minucioso registro en los domicilios de los cuatro grupos. El Comité encontró diversos objetos que fueron considerados de gran interés y altamente comprometedores. A saber: cartas de sacerdotes en las que se trataba bien de novenas, de escapularios, bien de dirección espiritual. También se halló un retrato de Luis XVI e imágenes del Sagrado Corazón. Todo ello era suficiente para demostrar la culpabilidad de las monjas. El Comité, pues, redactó un informe en el que explicaba cómo, “considerando que las ciudadanas religiosas, burlando las leyes, vivían en comunidad”, que su correspondencia era testimonio de que tramaban en secreto el restablecimiento de la Monarquía y la desaparición de la República, las mandaba detener y encerrar en prisión.

El 22 de junio de 1794 eran recluidas en el monasterio de la Visitación, que se había convertido en cárcel. Allí esperaron la decisión final que sobre su suerte tomaría el Comité de Salud Pública asesorado por el Comité local. Entonces acordaron retractarse del juramento prestado antes, “prefiriendo mil veces la muerte mejor que ser culpables de un juramento así”. Esta resolución las llenó de serenidad. Cada día aumentaba el peligro, pero ellas se sentían más fuertes. Continuaban dedicadas a orar y, gracias a estar en prisión, podían hacerlo juntas, como cuando estaban en su convento. Ya no se veían obligadas a ocultarse y ello les procuraba un gran alivio.

Transcurridos unos días, justamente el 12 de julio, el Comité de Salud Pública dio órdenes para que fueran trasladadas a París. El cumplimiento de tales órdenes fue exigido en términos que no admitían demora. No hubo tiempo para que las hermanas tomaran su ligera colación ni cambiaran su ropa, que estaba mojada porque habían estado lavando. Las hicieron montar en dos carretas de paja y les ataron las manos a la espalda. Escoltadas por un grupo de soldados salieron para la capital. Su destino era la famosa prisión de la Conserjería, antesala de la guillotina y abarrotada de sacerdotes y laicos cristianos igualmente condenados.

Nadie ayudó a las monjas a descender de los carros al final del viaje. A pesar de sus ligaduras y de la fatiga causada por el incómodo transporte, fueron bajando solas. Una de las hermanas, sin embargo, enferma y octogenaria, Carlota de la Resurrección, impedida por las ataduras y la edad, no sabia cómo llegar al suelo. Los conductores de las carretas, impacientados, la cogieron y la arrojaron violentamente sobre el pavimento. Era una de las religiosas que dos años antes había sentido miedo ante el pensamiento de una muerte en el patíbulo y había dudado antes de ofrecerse en sacrificio. Pero en este momento era ya valiente y, levantándose maltrecha, como pudo, dijo a los que la habían maltratado:

“Créanme, no les guardo ningún rencor. Al contrario, les agradezco que no me hayan matado porque, si hubiera muerto, habría perdido la oportunidad de pasar la gloria y la dicha del martirio”.

Como si nada hubiese ocurrido, en la Conserjería prosiguieron su vida de oración prescrita por la regla. No se dejaban perturbar por los acontecimientos. Testigos dignos de crédito declararon que se las podía oír todos los días, a las dos de la mañana, recitar sus oficios.

Su última fiesta fue la del 16 de julio, Nuestra Señora del Carmen. La celebraron con el mayor entusiasmo, sin que por un instante su comportamiento denotase la menor preocupación. Por la tarde recibieron un aviso para que compareciesen al día siguiente ante el Tribunal Revolucionario. La noticia no les impidió cantar, sobre la música de La Marsellesa, unos versos improvisados en los que expresaban al mismo tiempo fe en su victoria, temor y confianza, y que se conservan en el convento de Compiègne.

Ante el Tribunal escucharon cómo el acusador público, Fouquier-Tinville, las atacaba durísimamente: “Aunque separadas en diferentes casas, formaban conciliábulos contrarrevolucionarios en los que intervenían ellas y otras personas. Vivían bajo la obediencia de una superiora y, en cuanto a sus principios y sus votos, sus cartas y sus escritos son suficiente testimonio”.

Fueron sometidas a un interrogatorio muy breve y, sin que se llamara a declarar a un solo testigo, el Tribunal condenó a muerte a las dieciséis carmelitas, culpables de organizar reuniones y conciliábulos contrarrevolucionarios, de sostener correspondencia con fanáticos y de guardar escritos que atentaban contra la libertad. Una de las monjas, sor Enriqueta de la Providencia, preguntó al presidente qué entendía por la palabra “fanático” que figuraba en el texto del juicio, y la respuesta fue:

“Entiendo por esa palabra su apego a esas creencias pueriles, sus tontas prácticas de religión”.

Era su amor a Dios , su fidelidad a los votos y a la religión lo que las hacía merecedoras de la pena capital.

Una hora después subían en las carretas que las conducirían a la plaza del Trono derrocado, hoy plaza de la Nación. En el trayecto la gente las miraba pasar demostrando diversidad de sentimientos, unos las injuriaban, otros las admiraban. Ellas iban tranquilas; todo lo que se movía a su alrededor les era indiferente. Cantaron el Miserere y luego el Salve, Regina. Al pie ya de la guillotina entonaron el Te Deum, canto de acción de gracias, y, terminado éste, el Veni Creator. Por último, hicieron renovación de sus promesas del bautismo y de sus votos de religión.

Una joven novicia, sor Constanza, se arrodilló delante de la priora, con la naturalidad con que lo hubiera hecho en el convento y le pidió su bendición y que le concediera permiso para morir. Luego, cantando el salmo Laudate Dominum omnes gentes, subió decidida los escalones de la guillotina. Una tras otra, todas las carmelitas repitieron la escena. Una a una recibieron la bendición de la madre Teresa de San Agustín antes de ser guillotinadas. Al final, después de haber visto caer a todas sus hijas, la madre priora entregó, con igual generosidad que ellas, su vida al Señor, poniendo su cabeza en las manos del verdugo. Así realizó lo que ella solía decir: “El amor saldrá siempre victorioso. Cuando se ama todo se puede”.

Era el día 17 de julio de 1.794 por la tarde.

Prevaleció un silencio absoluto durante todo el tiempo en que los ejecutores seguían el procedimiento. Las cabezas y los cuerpos de las mártires fueron enterrados en un pozo de arena profundo de casi nueve metros cuadrados en el cementerio parisino de Picpus. Como este pozo de arena fue el receptáculo de los cuerpos de 1298 víctimas de la Revolución, parece no haber muchas esperanzas de recuperar sus reliquias. Una placa de mármol con el nombre de las mártires y la fecha de su muerte figura sobre la fosa y en ella hay grabada una frase latina que dice: Beati qui in Domino moriuntur. Felices los que mueren en el Señor.


Visión

Visión

16/09/2010

vision_1

Título original: Vision. Aus dem leben der Hildegard Von Bingen.
Dirección y guión: Margarethe Von Trotta.
Países: Alemania y Francia.
Año: 2009.
Duración: 110 min.
Género: Drama.
Interpretación: Barbara Sukowa (Hildegard Von Bingen), Heino Ferch (Volmar), Hannah Herzsprung (Richardis Von Stade), Alexander Held (abad Kuno), Lena Stolze (Jutta), Sunnyi Melles (madre de Richardis), Paula Kalenberg (Klara), Mareile Blendl (Jutta Von Sponheim).
Producción: Markus Zimmer.
Música: Chris Heyne.
Fotografía: Axel Bloque.
Montaje: Dietz Corina.
Dirección artística: Heike Bauersfeld.
Vestuario: Ursula Welter.
Distribuidora: Karma Films.
Estreno en España: 27 Agosto 2010.


SINOPSIS

Biografía de Hildegard Von Bingen, quién desde muy niña tiene visiones en las que Dios le pide que de a conocer al mundo sus mensajes. Con la muerte de Jutta, su mentora, la joven se horroriza al ver los signos de la auto-flagelación en el cuerpo de su maestra y se promete a sí misma cambiar las formas y reglas de la orden. El Papa desde un principio la cree y le permite publicar por escrito sus visiones. A partir de este momento, la vida de Hildegard dará un nuevo giro. Se le permite construir su propio convento y separarse de los monjes benedictinos e inventar un revolucionario y humanista enfoque de la devoción cristiana. Compositora, científica, médico, escritora, poetisa, mística, filósofa, política, activista ecológica… Una mujer adelantada a su tiempo, cuya fama, antes y en la actualidad, traspasó los muros del convento.



viernes 10 de abril de 2009

Karol


Argumento
El argumento de esta película no es, ni más ni menos, que la vida del difunto Juan Pablo II, pero comienza en la Segunda Guerra Mundial y acaba con la elección de karol Wojtila como Papa. A partir de ahí, se reconstruye la vida de este gran hombre, haciendo especial hincapié en sus sentimientos, sus amistades y las crueles ocupaciones nazi y comunista de Polonia.
Un personaje humano, un personaje histórico
Una buena y emocionante aproximación al karol Wojtila más humano, a ese lado que parece el oculto en personas a las que estamos acostumbrados a ver a través de la televisión o como personajes inalcanzables. Estas películas logran hacernos ver que, tras esas ondas de TV, hay una persona, con sus sentimientos, sus recuerdos, sus heridas y sus alegrías.El gran éxito de esta película es mostrarnos que karol Wojtila era un hombre que amaba, que lloraba, que reía, que sufría, como todos, como tú y como yo. Él no era menos humano, ni tampoco más, pero en su interior llevaba una luz que le hacía brillar: la luz del amor, la fe y la esperanza.En esta película, sin embargo, se echa en falta más fuerza en el personaje de Wojtila. No digo que sea un personaje flojo, que no lo es, pero el verdadero Wojtila irradiaba una potencia especial cuando hablaba, cuando se dirigía a los hombres y a las mujeres, a los jóvenes, a los artistas, a los obreros. Una fuerza que se echa de menos en este film. Ocasiones las hay, pero a los guionistas les ha faltado algo de chispa para aprovecharlas. Aún así, se pueden encontrar buenos diálogos, buenas máximas como ese “no temerán vuestras armas, temerán vuestras palabras”.La película profundiza en temas como la felicidad, el dolor, el amor, la libertad, la muerte... Y no se limita a hacerlo superficialmente, sino que se atreve a bucear en ellos, en llegar hasta lo más profundo del hombre. Tal vez sea éste otro acierto de la película.En este aspecto, logra emocionar y hacer llorar en muchos momentos al espectador. Algunos dirán que es demasiado lacrimógena, pero creo que cumple con su objetivo (o tal vez es que yo soy demasiado sentimental, que podría ser).Un aspecto en el que se resiente es su excesiva duración, o mejor dicho, en el excesivo tiempo que le dedica a la Segunda Guerra Mundial. Los motivos yo diría que son comerciales, ya que resulta fácil atraerse el público con una historia de sufrimiento en la Guerra Mundial. Llega a ocupar la mitad de la película, cuando en realidad sólo son seis años en la larga vida de karol Wojtila. Además, todos tenemos ya muy vistas esas mismas escenas de ghettos, judíos y demás historias. No quiero con esto decir que no se sufra con ellas, pero sí que cada vez menos, porque la saturación de este tipo de imágenes sólo consigue insensibilizar. Además, los efectos usados en esta película pecan de ingenuos... no conseguirían engañar a un ciego, aunque eso es más problema de presupuesto. Hay que tener en cuenta que esta película está concebida como un telefilme para la televisión italiana.Por supuesto, hay que destacar de manera especial la magnífica música de Ennio Morricone. El italiano logra, mediante solos de piano y violín y algún uso de coros, dar mayor vigor a las imágenes y hacerlas tremendamente emotivas.La vida de karol Wojtila –y ya digo que este tipo de películas nos lo hace ver con mayor nitidez- fue una vida entregada a los demás a través de Dios. La vida de karol Wojtila fue vivida con pasión, con una fuerza enorme. La vida de karol Wojtila ha sido un sendero de luz en la oscuridad del siglo XX. La vida de karol Wojtila es un canto al amor, a la libertad, a la fe y a la esperanza. En definitiva, la vida de karol Wojtila es un glorioso canto a Dios y al hombre

Escarlata y negro

Género:Drama / Bélica
Nacionalidad:Italia / USA
Director:Jerry London
Actores:Gregory PeckChristopher PlummerJohn GielgudRaf ValloneKenneth ColleyWalter GotellBarbara BouchetJulian HollowayAngelo InfantiOlga KarlatosMichael ByrneT.P. McKennaVernon DobtcheffJohn TerryPeter Burton
Productor:Bill McCutchen
Guión:David Butler
Fotografía:Giuseppe Rotunno
Música:Ennio Morricone

La acción nos sitúa en Roma, tras la ocupación de la ciudad por tropas alemanas en 1943. El coronel de la SS Herbert Kappler (Christopher Plummer) recien nombrado nuevo jefe de la Gestapo en la ciudad, decidido a acabar con las actividades de la Resistencia en la capital italiana. Por su parte, Monseñor Hugh O’Flaherty (Gregory Peck), es un sacerdote irlandés perteneciente al Santo Oficio del Vaticano, que dedica todos sus esfuerzos a ocultar soldados aliados evadidos y familiares de la resistencia italiana para ayudarles a escapar de los alemanes. Pronto, Kappler comenzará a sospechar de O´Flaherty, trabándose entre ambos hombres una intensa rivalidad.

Puede decirse que Escarlata y Negro fue ciertamente atípico, ya que, pese a tratarse de una producción hecha para la televisión, tanto por su despliegue de medios de producción como por su calidad, es un film perfectamente equiparable a cualquier producción hecha para la gran pantalla.

La historia que nos cuenta se basa en una novela publicada en 1967 por el escritor J. P. Gallagher titulada The Scarlet Pimpernel of the Vatican (La pimpinela escarlata del Vaticano). En dicha novela se narraba la historia real de Monseñor O´Flaherty, cuyas actividades clandestinas durante la guerra habían sido de mucho valor para rescatar a decenas de personas en peligro de ser detenidas por los alemanes. Por tanto, era una historia que claramente se prestaba para ser llevada al cine.Como apuntaba antes, pese a tratarse de un telefilm (ganador, por cierto, de 3 premios Emmy), “Escarlata y Negro” tiene toda la apariencia de una gran producción convencional.

Destaca en primer lugar, la presencia de dos grandes intérpretes como Gregory Peck y Christopher Plummer, que bordan sus respectivos papeles de luchador sacedorte y cruel oficial de la Gestapo respectivamente. También llama la atención la cuidada ambientación de los escenarios y exteriores, con muchas escenas filmadas en las localizaciones reales de Roma y el Vaticano. Pero por encima de todo, el film destaca por el sobresaliente duelo interpretativo entre Peck y Plummer, que llena la pantalla de una manera abrumadora, especialmente en las escenas que comparten. Un mano a mano actoral que por momentos recuerda al no menos memorable de Laurence Olivier y Michael Caine en “La Huella”.

De entre todas las escenas que comparten los dos grandes actores me quedaría especialmente con dos: el primer encuentro de Kappler y O´Flaherty a la salida del teatro de la Ópera, y la parte del desenlace, con el duelo dialéctico entre los protagonistas, en la que Kappler termina apelando a los sentimientos cristianos de su acérrimo rival para conseguir su ayuda.Además, la película ofrece una buena visión general de la situación en Roma durante los meses de ocupación alemana, y de las actividades clandestinas de la Resistencia durante ese periodo. Todo ello muy bien aderezado con la banda sonora compuesta por el siempre eficaz Ennio Morricone, que acompaña muy bien a la historia.

Por ponerle algún “pero” quizás se le puede achacar algún que otro pequeño bajón de ritmo, y que, debido a la extensión de su metraje (casi 140 minutos) puede hacerse un poco larga, pese a que el ritmo narrativo es sostenido, por lo que la historia no llega a aburrir en ningún momento. Otro aspecto a su favor es el de que la mayoria de personajes reales que aparecen como Kappler, el Papa Pio XII, el General Wolf (jefe de la SS en Italia aunque aparece en el film con otro nombre) o el mismo Himmler son retratados de una manera bastante creíble y fidedigna.

En definitiva “Escarlata y Negro” es un telefilm que supera ampliamente a otras producciones de su estilo, quizás no especialmente sobresaliente en ningún aspecto, pero hecho con mucho oficio. Un título que no viene mal revisar de vez en cuando y que sobre todo merece ser recordado por la brillante actuación de su dúo protagonista.